
Tenía que contárselo, después de todo eran sus hermanas y ellas la iban a entender. A diferencia de cualquier secreto este tenía fecha de vencimiento y sólo era cuestión de tiempo para que todos lo supieran. Se levantó y se preparó un café. Observó como la taza temblaba al paso del tren, ya estaba acostumbrada, había nacido y crecido en estaciones de trenes, primero en Pacheco, despúes en Capilla del Señor y ahora en Glew. Era ahora o nunca. Entró a la habitación de sus hermanas. Encendió la luz. Manuela, Mary y Amalia, saltaron asustadas.
- ¿Que pása Cocó, porque prendes la luz? le dijo Manuela casi balbuceando y refregándose los ojos que le dolían por el resplandor
- Necesito contarles algo, dijo Cocó con voz tenue y se sentó en la cama.
Tenía los ojos llorosos, no dejaba de estirarse la pollera con sus manos y se la veía pálida.
Mary encendió su velador y se sentó a su lado. Cocó rompió en llanto y sus tres hermanas saltaron como resortes de la cama.
- ¿Pero que es lo te pasa chiquita?, le dijo Amalia, la mayor. ¿porqué estas llorando? vamos …decinos que pasa.
Cocó respiró hondo y dijo: “Estoy embarazada”
- !Lo sabía!, !lo sabía!, por eso estas tan rara, le dijo Manuela en tono de reproche.
Mary entreabrió la boca y se quedó en silencio. Amalia la tomó de la mano
- Bueno, me asustaste, pensé que era algo grave.
- ¿Como que no es grave? – dijo Manuela – es soltera y tiene 17 años, Papá la va a matar, ¿como se lo vamos a decir?
Mary tomó el rosario de su mesa de luz y comenzó a rezar, Amalia se lo arrancó de las manos.
- !No seas melodramática queres¡, rezando no hacemos nada, hay contarle a mamá y a papá, lo hecho, hecho está y rodeó con sus brazos a Cocó que no paraba de llorar.
- Tranquila, tranquila te vamos a ayudar, no tenemos mucho tiempo tenemos que decirselo.
- Pero…pero…no podemos, dijo Mary casi en trance
-Calláte le dijo Amalia, claro que podemos, es más hoy mismo se lo vamos a contar
-No por favor, hoy no, no estoy preparada, mañana , otro día, pero por favor hoy no.
- Si Cocó será hoy, le dijo Amalia decidida.
Ese mediodía su padre entró a la casa, dejó la gorra en el perchero y se sentó a la mesa. José Corsiglia era el jefe de la estación de Glew. Un hombre rudo y con mucha autoridad, en esos tiempos, el intendente, el cura, el comisario y el jefe de estación eran las personas más influyentes de cualquier ciudad.
- ¿Y Angela que hizo hoy de comer?
- Tallarines respondió su mujer.
Las hermanas se sentaron a la mesa, estaban mudas y con la mirada clavada en el plato. las cuatro hacían rulitos con los tallarines y el tenedor pero ninguna se lo llevaba a la boca. Parecía una coreografía.
- ¿Y a Uds que les pasa que están tan calladas y no comen?, preguntó el padre.
- Papá tenemos que contarle algo, dijo Amalia rompiendo el silencio.
Cocó rompió en llanto, Mary comenzó a rezar en voz baja y Manuela se llevó una buena porción de tallarines a la boca que casi la ahogan.
- Bueno hable, dijo José.
- Es Cocó, está…está embarazada dijo Amalia.
José bajó la mirada y comenzó a comer, no dijo una sola palabra, Angela trató de hablar pero él la miro fijamente y ella desistió. Comieron en absoluto silencio. El se levantó, tomó su gorra y antes de abrir la puerta se dirigió a su hija menor.
- ¿Y ese don nadie de Germán que piensa hacer? Cocó tenía la vista fija en el plato
-Mireme cuando le hablo !carajo! dijo el padre levantando la voz
- Nos vamos a casar papá, dijo Cocó entre lágrimas.
- Muy bien,a la tarde iremos a lo del padre Domiciano.
La Iglesia estaba repleta,la orden de José había sido terminante. “Angela quiero que todo el pueblo este en esa iglesia” y así fue. Todos esperaban ansiosos la entrada de la novia. Germán, el futuro marido se refregaba las manos al pie del altar, Luis el hermano varón de Cocó era el padrino.
Angela y los demás parientes estaban en primera fila. De repente la música comenzó a sonar, Cocó entró despacio flanqueada por sus cuatro hermanas. Se la veía feliz, llevaba la cabeza en alto y tenía la mirada fija en Germán.
Un murmullo se extendió por toda la iglesia como un tsunami de voces. Cocó estaba abstraída de todo, a medida que avanzaba las mujeres en sus asientos se llevaban la mano a la boca. Las miradas iban de la novia al Jefe de Estación como en un partido de tenis. La orden del padre Domiciano había sido cumplida: “la casó, pero no de blanco”. Fue así como la pequeña Cocó entró con su ramo sin flores, sólo hojas para que hicieran juego con el vestido, un vestido verde, y no precisamente un verde pastel, era más bien chillón. A nadie le quedaron dudas de lo que ocurría. Ella entró radiante y feliz, le dedicó una sonrisa a todos y se casó. Si, se casó de verde, pero como le dijo su hermana Amalia, el verde era la esperanza y lo que digan los demás, siempre está demás

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